Mentes Positivas - Miguel Angel LLanes

-Un hombre.

Un hombre, su caballo y su perro caminaban por una calle. Después de mucho andar, el hombre se dió cuenta que tanto él, como su caballo y su perro habían muerto en un accidente (a veces los muertos se toman su tiempo para comprender la nueva condición). 

La caminata era muy larga, montaña arriba; el sol era fuerte, y ellos estaban cansados, sudados y tenían mucha sed.  Necesitaban desesperadamente agua.
En una curva del camino vieron una puerta magnífica, toda de mármol, que conducía a una  plazoleta con piso de oro, en el centro de la cual había una fuente de la que manaba agua cristalina. El caminante se dirigió al guardián que, dentro de una ornamentada casilla, vigilaba la entrada.

- Buenos días, le dijo. 
- Buenos días, respondió el guardián.
- ¿Qué lugar es este, tan lindo? preguntó el hombre. 
- Este es el Cielo, fue la respuesta. 
- Qué suerte que llegamos al Cielo!  Estamos con mucha sed, dijo el hombre.
- Pues, puede usted, entrar y beber agua a voluntad, contestó el guardián, indicándole la fuente.
- Mi caballo y mi cachorro también están sedientos, comentó el hombre. - Lo lamento mucho, dijo el guardián- pero aquí no se permite la entrada a los animales.
- Pero ellos me han acompañado siempre, dijo el hombre.

El guardián se limitó a menear la cabeza negativamente. El hombre quedó muy desilusionado, porque su sed era grande, pero decidió no beber si sus amigos no podían hacerlo. Así que prosiguió su camino. Después de mucho caminar montaña arriba, con sed y cansancio multiplicados, llegaron a un sitio cuya entrada estaba marcada por una vieja puerta entreabierta. La puerta se abría hacia un amplio  camino de tierra, con verdes árboles a ambos lados que brindaban buen cobijo del sol. A la sombra de uno de ellos había un anciano de blanca barba, apoyada sobre el tronco; parecía adormilado, con la cabeza cubierta por un sombrero. El caminante se aproximó.  

- Buenos días, le dijo.
- Buenos días, respondió el anciano.
- Estamos con mucha sed, mi caballo, mi perro y yo.  Hay algún lugar donde podamos encontrar agua?
- Detrás de aquellos matorrales hay un manantial, contestó el anciano. Pueden beber a voluntad.

El hombre, el caballo y el perro fueron hasta el manantial, y finalmente pudieron calmar la sed y refrescarse. Al volver hasta donde estaba el anciano, el hombre le agradeció.

- Pueden volver cuando quieran, fue la respuesta.
- A propósito -dijo el caminante- ¿cuál es el nombre de este lugar?
- Están en el Cielo, contestó el anciano con una sonrisa.
- ¡Pero no es posible! exclamó el hombre.
- El guardián que estaba al pie de la montaña , junto al gran portal de mármol, nos dijo que el Cielo era aquel! 
- No, aquello no es el cielo, es el infierno.

 

El caminante quedó perplejo.

- Pero entonces, ¡¡¡ esa es una información falsa, y puede causar grandes confusiones!!!

- De ninguna manera, respondió el anciano.
- La verdad es que ellos nos hacen un gran favor, porque allá se quedan aquellos que son capaces de abandonar a sus mejores amigos…
 


El Anillo.

Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Que puedo hacer para que me valoren más?

El maestro sin mirarlo, le, dijo:

- Cuanto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después. y haciendo una pausa agrego:

- Si quisieras ayudarme tu a mi, yo podría resolver este problema con mas rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

- E. . . encantado, maestro- titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado, y sus necesidades postergadas.

Bien, asintió el maestro. Se quito un anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agrego - toma el caballo que está allá afuera y cabalga hasta el mercado.

Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por el la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo mas rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llego, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo.  

Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y solo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.

En el afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenia instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazo la oferta.

Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado mas de cien personas, abatido por su fracaso monto su caballo y regreso.

Cuanto hubiera deseado el joven tener el mismo esa moneda de oro! Podría entonces habérsela entregado el mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.

Entró en la habitación.

- Maestro -dijo- lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo. Que importante lo que dijiste, joven amigo- contestó sonriente el maestro.

Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. Quien mejor que el para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por el.

Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. El joven volvió a cabalgar.

El joyero examino el anillo a la luz del candil con su lupa, lo peso y luego le dijo: Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle mas que 58 monedas de oro por su anillo. 

-¡ ¡ ¡ 58 MONEDAS ! ! ! Exclamó el joven.

Sí, replico el joyero- yo sé que con tiempo podríamos obtener por el cerca de 70 monedas, pero no sé. . . si la venta es urgente. . .

El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.

Siéntate- dijo el maestro después de escucharlo - Tu eres como este anillo:

Una joya, valiosa y única. Y como tal, solo puede evaluar verdaderamente un experto. ¿Que haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño. Todos somos como esta joya, valiosos y únicos, y andamos por los mercados de la vida pretendiendo que gente inexperta nos valore.  

Dedicado especialmente a mis amigos, que se esfuerzan día a día por pulir la joya que son y descubrir su verdadero valor. . 

"Nadie te puede hacer sentir inferior sin tu consentimiento"

SIEMPRE RECUERDA LO MUCHO QUE TU VALES, AUNQUE QUIZAS, ALGUNAS PERSONAS A TU ALREDEDOR NO TE LO DEMUESTREN  


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 Fecha de actualización-Sábado, 09 de Junio de 2007

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